RECUERDOS MERCEDENSES.
LA DUPLETA QUE RECOGÍ DOS VECES.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
En nuestra casa todos eran hípicos. Todos jugaban a
los caballos. Los sábados eran para sellar los cuadros de caballo en la
heladería del pueblo, que en realidad era un bar con restaurante. Apenas
entrabas a la heladería, veíamos al señor Basilio, sentado en una mesa,
recibiendo los formularios, cobrando y entregando un ticket. Al día siguiente,
en la mañana, íbamos nuevamente a la heladería a recoger los cuadros ya
sellados oficialmente.
Los domingos también eran para sellar “pollas” en el
bar de Felipito. Los cuadros de caballos tenían cobertura nacional, mientras
que las pollas eran locales. Pero ambos juegos se regían por las carreras de
caballos del Hipódromo La Rinconada.
2
En la casa hacían dupletas los hermanos mayores,
Miguel y Carlos. Un día decidí que también podía ganarme algún dinero con el
juego hípico. Las dupletas, de grandes sumas (para ganar cincuenta o cien
bolívares), eran adornadas con un billete original, para atraer más a los
hípicos. Yo hacía dupletas de baja nominación. Sin billetes, pues.
3
Carlos me ayudó a diseñar mi primera dupleta “de a
medio pa diez bolívares”. Luego, las
hacía yo mismo. Mamá era la primera en anotarse. Salía a la calle para visitar
a los vecinos. De allí me llegaba hasta
el bar de Simón Chire, quien trazaba con prestancia su firma elegante sobre
varios recuadros o “puestos”. Del patio
de bolas del primo Simón, remataba por los lados de La Peñita, y terminaba en
la casa de la señora Ana. Prácticamente, con una sola jornada cubría el premio
(40 puestos). Algunos clientes pagaban inmediatamente; otros cancelaban entre
sábado y domingo.
4
En la cartulina de la dupleta quedaban muchos puestos
vacíos. Por lo tanto, la probabilidad de que nadie se sacara el premio era
grande. No obstante, eso no pasaba a menudo, porque los hípicos consumados,
estudiosos de la Fusta y la Gaceta, escogía a los favoritos, asegurándose el
galardón. Cuando alguien se sacaba la dupleta, uno iba hasta su casa, le
entregaba el dinero, contando bolívar, tras bolívar. Si el ganador era generoso,
te daba unas monedas. Si el ganador era tacaño, ni las gracias te daba.
5
Un domingo, escuchábamos con mucha atención las
carreras correspondientes a mi dupleta. Ali Khan anunció el ganador, luego de
pronunciar, alternativamente, con su voz
firme y bien modulada, los nombre de dos caballos, en un final espectacular y de
película.
Apagamos la radio. Revisamos en silencio la cartulina,
y constatamos que la dupleta me quedó. En medio de una algarabía, yo procedí a
repartir los diez bolívares, entre
todos. Brincábamos de alegría.
6
Como a la media hora, tocaron la puerta. Era
doña Germana, la vecina de enfrente. Sin miramientos me dijo:
—Muchacho,
me saqué la dupleta, y no me has traído la plata.
—No
se la sacó nadie. Me quedó—le dije, sin ocultar mi inmensa alegría, pero
también mi sorpresa.
Doña
Germana, en su entonación que llamábamos cariñosamente “coriana”, sugirió que prendiéramos la radio.
Carlos, que era nuestro profesional del hipismo, escuchó con atención los
comentarios de los locutores, y me explicó:
—La
fotografía demostró que el caballo ganador es el de doña Germana.
Entonces,
todos, cariacontecidos, empezaron a devolverme las monedas que les había
regalado para entregárselas a la vecina.
7
Así
fue como recogí dos veces una misma dupleta.
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