BODEGA
EL GATO NEGRO
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
Mundito,
cronista fotográfico de Las Mercedes del Llano, me ha enviado unas imágenes,
donde aparece la bodega “El gato negro”. Esa foto me ha traído muchos
recuerdos. Ha pasado más de medio siglo, sin embargo, la fachada de la
estructura se conserva heroicamente, tal cual la vieron nuestros ojos
infantiles: pequeña, con dos puertas de madera y techo de cinc en dos aguas. Un
tubo corto de hierro la flanquea diagonalmente, porque las esquinas y los
cruces de calles son sitios preferidos de los azares de las embestidas
automovilísticas.
2
Desapareció
la pintura frontal con un enorme gato negro, símbolo de supersticiones
ancestrales, y talismán invocado por el amo, don Juan Ramón, para la
prosperidad de su negocio, seguramente.
Desapareció
también un poste alto metálico, de cuyo extremo superior colgaba una publicidad
de cafenol, tabletas a las que recurría nuestra madre cuando su dolor de cabeza
crónico se hacía insoportable.
3
Cerca
de nuestra casa había varias bodegas. La más cercana era El gato negro. Allí se
vendía de todo un poco: granos, azúcar, mortadela muy gruesa con grandes
círculos de grasa, pan francés y también
relleno (pan de pavo), caramelos que guardaban unos frascos bocones, enlatados
como sardinas y hasta leña y kerosene. El kerosene era el combustible mágico:
servía para la cocina de mecha y también para la nevera de los refrescos.
Carlos
le dedicó una estrofa a este establecimiento:
El
tiempo pasó pero dejó sus huellas
y
fija la mirada en una esquina
bodega
el “Gato Negro”; por ejemplo
para
poder comprar medio de queso
el
despacho lo hacía don Juan Sivira
4
Siempre
hacía los mandados (así se llamaban las compras que realizábamos los niños “por
mandato” de nuestras madres) en el Gato negro, por la lógica que imponía la
cercanía. Pero un día, el señor Machuca, cuya bodega se ubicaba una cuadra más
arriba a la de Juan Ramón, diseñó un
modelo para captar más compradores, sobre todo en el segmento conformado por
niños. Se trataba de “las graneras”. Por cada compra que hacíamos, nos depositaban un grano de maíz o caraota en un
envase de compota, etiquetado con nuestro nombre. Cada grano era un centavo.
Con el tiempo se sacaba la granera y recibíamos nuestros ahorros por ser fieles
compradores de esa bodega. Entonces, nuestras manos se llenaban de chucherías.
5
Desde
que aparecieron las graneras en el negocio del señor Machuca, más nunca fui al
Gato negro, al cual le pasaba por un lado, pero desde la acera de enfrente,
para que no me viera don Juan Ramón. ¡Ingenuidad de mi cerebro infantil!
6
Un
día se presentó don Juan Ramón, a nuestra casa y le dijo a mi padre: Alfonso,
Lalito no me compra nada a mí que tengo la bodega cerquita, prefiere ir a otras
bodegas que están más lejos.
7
Tomé
una decisión salomónica: una vez iría a lo de Juan Ramón, y otra vez, a lo de
Machuca. Así calmaría los ánimos de los adultos , y conservaría mis
incipientes transacciones mercantiles ...
(Fotografía:
Edmundo Malaspina)
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