LAS MERCEDES DEL LLANO: MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA

LAS MERCEDES DEL LLANO: MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA
LIBRO DE EDGARDO MALASPINA.

PADRINO DE LA 1RA. PROMOCIÓN. MISIÓN SUCRE.

PADRINO DE LA 1RA. PROMOCIÓN. MISIÓN SUCRE.
ACTIVIDAD FÍSICA Y SALUD

I PROMOCIÓN DE DERMATÓLOGOS.UNERG.2001

I PROMOCIÓN DE DERMATÓLOGOS.UNERG.2001
DERMATÓLOGOS.2001

PLACA DE RECONOCIMIENTO

PLACA DE RECONOCIMIENTO
X PROMOCIÓN DE MEDICOS.UNERG.2010

HUESPED DISTINGUIDO.

HUESPED DISTINGUIDO.
ORTIZ.2008




XXIX CONVENCIÓN NACIONAL DE CRONISTAS OFICIALES DE VENEZUELA

XXIX  CONVENCIÓN NACIONAL DE CRONISTAS OFICIALES DE VENEZUELA
MATURÍN.2011

HUESPED DISTINGUIDO.MATURIN.2001

HUESPED DISTINGUIDO.MATURIN.2001
MATURIN.2011.

domingo, 3 de mayo de 2015

RUMBO AL ORINOCO (RELATO)


RUMBO AL ORINOCO

                       
Edgardo Malaspina

            Es tediosa la noche, larga ;  y el calor hace difícil conciliar el sueño.  Una casa muy pequeña, de las llamadas rurales, con sus paredes candentes, nos sirve de abrigo.  Las puertas y ventanas están muy bien cerradas para evitar que se cuelen los mosquitos.  Eran bastante y su molestia, mayor.  Antes de emprender el viaje, Pajarito , con su hablar convulsionado y apresurado ,nos había prevenido:

     -Andan en nubes negras y si se lanza una manotada al aire se puede asir un montón de esos fastidiosos voladores con el puño apretado-.

            Una vela de sebo, con su luz chirriante e indecisa, alumbra tenuemente la estancia con grandes focos de claroscuros y penumbras móviles.
            Las sombras de la noche y el fuego propician la meditación y la conversación filosófica, interrumpida sólo por el ruido de los ratones y el crujir de las alcayatas de los chinchorros.

            El maestro del caserío nos habló de los problemas de la escuelita.  Los pobladores no entendían su importancia y necesidad, no obligaban a los niños a asistir a las clases y en muchas ocasiones los retiraban para emplearlos en faenas duras.  Nos refirió que se la pasaba pleiteando con los vecinos que tenían la costumbre de utilizar los salones de la escuela, por las noches, para ubicar sus cochinos, buscando protegerlos de las picaduras de los zancudos.

            El maestro dio un giro en la conversación y comenzó hablar de libros, de su biblioteca, del significado de la vida, de su origen, etc.  Explicó que no había diferencia entre creación y evolución.

-       Creo en Dios y luego acepto a Darwin – dijo para rematar su exposición.

Alí José se refirió a las últimas teorías cosmológicas, al Big Bang, al alejamiento constante  de las galaxias.  Luego habló de Friedman, de Hawking, de los agujeros negros, del calor de las estrellas y su importancia para medir las distancias.

-       Coño, ¡que calor hace! – pensé.

-       Dentro de varios millones de años el universo colapsará al producirse una nueva explosión – terminó diciendo Alí José.

    Yo, simplemente dije que era  trágico pensar que todo se acabaría algún día.  Es sombrío ese futuro cuando imaginamos que todo lo bueno que ha producido el hombre se perderá irremediablemente.

-       Seguramente eso explica el afán de las grandes potencias de explorar otros mundos.  No quieren que algún día una bola candente los reviente por eso desde ya estudian y planifican un viaje para el carajo,  lejos, dije.

Salimos a la calle.  Por largo tiempo y en silencio estuvimos contemplando el firmamento.

Regresamos a nuestros chinchorros y seguimos conversando de todo un poco; luego la tertulia se fue haciendo lenta, pesada, hasta que un ronquido nos hizo comprender que era suficiente por esa noche.
           
La ventisca arrastraba la arena y golpeaba, silbando en las paredes de nuestra casa provisional.  Los perros no cesaban de ladrar y lo hacían con más vigor cuando un burro o un cochino atravesaba al galope las callejuelas.  El ruido del motor de una lancha precedía a un tiro de escopeta; el eco se esparcía y retumbaba en espacio negro del silencio.

Bajo la luna grande el médano descansaba plácidamente.

En octubre el Orinoco aún está bastante crecido y con sus afluentes, el Caujarito, Guariquito y Aguaro, cubre las playas de los médanos por todos los lados, convirtiéndolos en verdaderas islas.  Entonces las queseras no son más que horcones tímidamente asomando sus techos de palma, como barcos encallados ; y los caseríos parecen archipiélagos de cúpulas.  Las aguas sacan a los pobladores de las costas y riberas.  Familias enteras llegan desde Garcitas y otros médanos al de Gómez, para pasar la temporada.

 Son tiempos muy difíciles porque la principal fuente de alimentos y de intercambio comercial es la pesca , y ahora la creciente casi no la permite sino como actividad menor para el diario mediocomer.  En pequeñas curiaras los pescadores se internan en los bancos de sabanas inundados y regresan más tarde con sus escuálidos botines para encender las fogatas a la orilla del río.  La manteca cruje en las sartenes, alrededor de las cuales se concentran  los niños macilentos.
            Parecen disfrutar del espectáculo de las llamas; pero en realidad es el hambre que les hace permanecer entre los hilos de humo.  Hombres, mujeres y niños, palmeras, arreboles, río y fogata hacen una composición espectral, una escena ritual lúgubre.

  Así son casi todos los atardeceres del médano.

Con el alejamiento de la estación lluviosa las aguas empiezan a retirarse.  El río se encoge hacia el centro, permitiendo la aparición de las vegas. Las tierras feraces de las costas son aprovechadas para la siembra de algodón.  Alí José establece un paralelo con la civilización egipcia:

-       Así vivió el hombre del Nilo, dice.

La vida de los médanos es apacible y aburrida.Los hombres se levantan con el sol y luego se dirigen al río.  Con el cuerpo semidesnudo y con los pies descalzos o en alpargatas observan, con tristeza y pereza , el movimiento rítmico de las aguas.
Después parten a pescar, a cazar patos o guacharacas, o arrancarle algunos tubérculos y otras raíces comestibles a la orilla del río.  Al medio día reposarán en sus chinchorros y en la tarde con sus vientos frescos, se pasearán por la arena abundante de las calles, beberán unas cervezas y escucharán y bailarán joropos con un radiecito de baterías. 

Estábamos en los médanos invitados por Magdalena Rivas, hombre culto y terrateniente de la zona denominada Gómez.  La curiosidad investigativa nos llevaba a uno de los médanos antiguamente habitado por los indígenas.

Al llegar a Médanos de Gómez, Magdaleno nos sugirió pasar al chalet de su propiedad.  Llamó a su mujer – una de sus tantas – y le pidió que preparara el almuerzo.

-       Algunos piensan que uno tiene varias mujeres por tenerlas – dijo Magdaleno sentándose en un sillón y agregó:- y en realidad uno lo hace por necesidad y más aún por comodidad.  Mientras tanto la obediente mujer le quitaba las botas.

            Almorzamos abundantemente con arroz aguado con guineo, pato salvaje frito, frijoles amanecidos, yuca, queso blanco llanero, pavones bien tostados y arepa.

            Antes de navegar para Médanos de Indios, objetivo principal de nuestro viaje, dimos una consulta médica al aire libre, debajo de los árboles.  El maestro hizo las veces de enfermero mientras yo examinaba a los pacientes que se arremolinaban alrededor del improvisado consultorio.  Algunos trajeron unos taburetes y se sentaron haciéndonos un círculo.  Los niños parecían los que más disfrutaban.  Recordé los cines ambulantes que pasaban por mi pueblo en carpas.

            Fue una sesión conjunta, una especie de terapia de grupo porque los diagnósticos eran bien comentados y murmurados.

            La estadía en los Médanos de Indios fue breve y cuando partimos hacia Cabruta en la madrugada, la luna llena, detrás de la enramada, parecía guiarnos con su resplandor.

            Nuestra curiara navegaba apaciblemente sobre la calma de las aguas.  Estaba impresionado por lo que había visto en los Médanos de Indios: las tinajas grandes conteniendo esqueletos y que hablaban de una forma peculiar de enterrar a los difuntos, las estatuillas y otros muchos objetos de cerámica, las monedas de hueso con un orificio en el centro, etc.  Todo esto, en un estado de completo abandono era indicio de cierto desarrollo artístico, del florecimiento de una cultura indígena más o menos importante en la zona.  Así se lo dije a mis compañeros de viaje.

En general, tengo entendido, nuestros indios tenían una cultura igual o tal vez superior a la española, - empezó a comentar Magdaleno y prosiguió:- Fueron excelentes agricultores, porque la agricultura era algo sagrado, ritual.  Construían terrazas para evitar la erosión de los terrenos y canales para irrigar los sembrados.  Un colombiano publicó un libro donde dice que si no fuera por la papa la civilización europea hubiera desaparecido con tantas guerras y hambrunas. ¡la papa es un legado de nuestros indios!, remató Magdaleno .

El aluvión de las aguas arrastra todo lo que encuentra a su paso.  Desde nuestra curiara divisamos árboles navegantes, troncos y cadáveres de vacas flotantes.  Me llamó poderosamente la atención un perro nadando desesperadamente en medio del río, buscando algo donde apoyarse sin encontrarlo.

-Es una manera de deshacerse de los perros indeseables por estos lados, explica Magdaleno.

Pienso que todo esto es un crimen horrendo.  No recuerdo que escritor ruso dijo que los animales eran nuestros hermanos menores y por eso había que protegerlos, amarlos.

- Los mayas fueron grandes científicos – dice el maestro y continúa – inventaron el cero, su sistema de numeración era superior al de los europeos, su año tenía también 365 días.  El sistema métrico era vigesimal, es decir, con base en el número veinte, conocían el cambio del tiempo según el recorrido de la luz que entrara por las puertas; teniendo como fundamente todo este arsenal matemático y astronómico levantaron monumentos arquitectónicos como los de Tikal…
Si, tenían nuestros indios una cultura muy desarrollada antes de la llegada de los españoles.  Allí están Machupicchu, Chichén, Itzá y Uxmal con sus fantásticas pirámides; y no hablemos de Copán, en Honduras, la ciudad de las maravillas, del conocimiento, de la sabiduría.  Era una especie de ciudad universitaria- terminó emocionadamente el maestro.

Nuestra navegación hasta los momentos es de cabotaje, para evitar grandes peligros.  La curiara se desplaza como entre los canales de los pequeños ríos que nutren al Orinoco.  Matorrales, cujíes e islotes de sabana son el camino, la ruta de los viajeros acuáticos.  Así vamos, sumergidos en nuestros pensamientos cuando hay altos en la conversación hasta que abruptamente aparece ante nuestros ojos una gran masa de agua, infinita, avasallante.  Es el Orinoco imponente.

El agua penetra en la curiara, refrescando nuestros cuerpos.  Los rayos solares ofuscan la visibilidad.

-Es cierto, maestro - empieza Alí José – los incas, por ejemplo, fueron excelentes matemáticos, idearon un sistema de contabilidad con  cuerdas anudadas y coloreadas y que es  conocido como el quipu.  Pero quiero referirme – continuó Alí José – a las grandes ciudades indígenas como Tenochtitlán de los aztecas y el Cuzco de los incas; las ciudades contemporáneas de la España de aquella época eran poca cosa comparadas con las nuestras.  Hernán Cortés quedó maravillado al ver las grandes plazas de las ciudades mexicanas y decía que ni la de Salamanca le daba por las patas. La religión cristiana, sus fanáticos, la inquisición, el hijo de puta de Torquemada y sus hogueras se encargaron de destruir  los códices, los documentos que hablaban del gran avance de la ciencia, del desarrollo cultural, del progreso social de nuestros indígenas.  No se por qué coño quieren que celebremos cada año  la llegada de esos bárbaros.  ¿Por qué carajo no celebran los españoles la llegada de los árabes a su territorio? Terminó con tono enfático e iracundo Alí José.


Nuestra embarcación es golpeada fuertemente por las olas que parecen muy furiosas.  El vaivén es constante y hay necesidad de alejarse de la costa para evitar los ataques frontales de la turbulencia con su consecuente expulsión del cauce de nuestra pequeña embarcación.  Magdaleno dice que es algo natural porque a las diez de la mañana el Orinoco se pone bravo.  Eso pasa todos los días.

            Yo hablé sobre los avances médicos que habían logrado los indios a la llegada de los españoles, de la existencia de herbolarios donde se cultivaban plantas medicinales. Recordé que los aztecas tenían tiendas que eran expendios de medicamentos.  Los indígenas de los andes dominaban a la perfección la trepanación y utilizaban las hojas de la coca masticada sobre el campo operatorio en calidad de anestesia, muy primitiva pero efectiva; para suturar colocaban las tenazas de hormigas grandes o bachacos de tal manera que quedaran unidos los bordes de la herida y luego quitaban la parte sobrante del insecto que además segregaba sustancias antisépticas.  Los indios conocían la quina – continué – la ipecacuana, el curare, utilizados hoy en día ampliamente en la medicina occidental o han servido de fundamento para realizar estudios en farmacología moderna.  Los incas colocaban perlas en los dientes para curar las caries y utilizaban los hongos que crecen sobre las papas para hacer jarabes curativos.  En Europa se vino a saber sobre las propiedades curativas de los hongos sólo después del descubrimiento de la acción antibiótica del Penicillum notatum.

Terminé mi exposición cuando estábamos llegando al puerto de Cabruta.  Muchas embarcaciones se encontraban amarradas en el muelle.  Algunas personas esperaban en la orilla.  Las tiendas aún estaban cerradas.  Unos vendedores de empanadas, en bicicletas, proponían sus mercancías vociferando:

 ¡Están calenticas!

En un rincón apartado estaban unos indios con unos aperos primitivos de caza y de pesca.  Tenían por toda vestimenta unos taparrabos diminutos.  Más allá uno de ellos tomaba un trago empinándose una botella de ron.  Otro dormitaba tranquilamente sobre unos cartones en el suelo.  Sus niños, ofreciendo a los pocos transeúntes indiferentes, collares de semillas coloreadas, dientes de animales, figurillas de azabache y otras bagaletas, tenían rostros melancólicos.  “Esa tristeza, esa depresión, ese razonar sin esperanzas que a veces nos aturde tiene motivos nostálgicos, ancestrales”, me dije.

Nos dirigimos al carro que nos esperaba.  Sentí un pinchazo en las sienes.  Un sentimiento de lástima y arrechera me invadió y dije a mis compañeros:

-¡Carajo, cómo se ha degradado nuestra gran cultura!

Nubes gruesas y negras cruzaban el Orinoco.  Garzas y pelícanos rasaban, en sus vuelos intermitentes, sus aguas ondulantes.




  



















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