LAS MERCEDES DEL LLANO: MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA

LAS MERCEDES DEL LLANO: MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA
LIBRO DE EDGARDO MALASPINA.




LAS MERCEDES DEL LLANO Y SU HISTORIA

LAS MERCEDES DEL LLANO Y SU HISTORIA
2014

sábado, 23 de mayo de 2026

DON MARCELO: ¡UN HOMBRE ARDE POR EL DEDO GORDO!

 

LAS MERCEDES DEL LLANO Y SU HISTORIA.

 

DON MARCELO: ¡UN HOMBRE ARDE POR EL DEDO GORDO!




Edgardo Rafael Malaspina Guerra.

1

Todas las tardes pasaba don Marcelo cerca de nosotros, jovenzuelos que en la avenida jugábamos o echábamos cuentos.   Su andar era inseguro y lento. Arrastraba los pies. Su pelo, su bigote y su barba eran muy blancos. En una mano llevaba una bolsa de alimentos y con la otra sostenía su bastón: un palo seco cualquiera. Hablaba en voz alta consigo mismo con frecuencia; era un anciano cuerdo que no desvariaba, solo recitaba sus recuerdos.

2

Don Marcelo vivía solo en un cuarto de la vecina, doña Julia, que decía haber bailado joropo con Simón Bolívar, en clara confusión del Libertador con unos de esos jefes de cualquier alzamiento militar que arrasaban con las pocas viandas de los habitantes de un pueblo cuando sus caballos se detenían por allí para el descanso : festines con abundante aguardiente.

Doña Julia un día entró a la sala de nuestra casa. Vio un retrato de Bolívar y dijo:

Ese llegó una vez con sus hombres. Se comieron todo lo que tenía en la venta y no me pagaron. Montaron un sarao con un arpa. Tuve que bailar escobillao con ese general.

3

Una vez don Marcelo se cayó de bruces. Nosotros lo levantamos inmediatamente. Su decrépita indefensión no le permitió ni siquiera interponer sus manos entre el asfalto ardiente y su rostro. Sangraba por la boca y la nariz. Lo limpiamos con un trapo. De lejos alguien gritó:

—No lo ayuden, que la está pagando. Era un gendarme del régimen en los campos de trabajos forzados, en Palenque, del régimen de Gómez.

Don Marcelo volteó hacia donde provenían los gritos imprecatorios y con su débil voz nos dijo:

—Yo solo cumplía con mi trabajo honrado: cargaba los cadáveres en un carretón, les quitaba los grillos de las patas y los quemaba. Les hacía un corte en el dedo gordo del pie y les acercaba un fósforo. Inmediatamente ardían. ¡Un hombre arde por el dedo gordo!

 

 

 

 

 

 

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