LAS MERCEDES DEL LLANO: MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA

LAS MERCEDES DEL LLANO: MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA
LIBRO DE EDGARDO MALASPINA.




LAS MERCEDES DEL LLANO Y SU HISTORIA

LAS MERCEDES DEL LLANO Y SU HISTORIA
2014

martes, 22 de septiembre de 2026

PALO ENSEBAO.

 

LAS MERCEDES DEL LLANO Y SU HISTORIA

 

LAS FIESTAS PATRONALES: EL PALO ENSEBAO.

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

1

Las fiestas patronales del pueblo, en honor a la Virgen de Las Mercedes, alcanzaron connotación nacional: las calles del pueblo se llenaban de gente provenientes de todos los confines del país para disfrutar de todas las actividades y veladas que se realizaban.

Una de las competencias más interesantes y divertidas era el palo ensebao.

 

2

El palo ensebao consistía y consiste en un poste vertical cubierto de grasa, por el cual deben subir los competidores para tomar el premio, colocado en la punta. Los competidores participan en equipos. El primer hombre sostiene a los demás. Cada integrante del equipo se apoya en los hombros de otro miembro.

El premio, por lo general, consistía en dinero: billetes de banco. También el cualquier tipo de mercancía o alimentos.

3

El palo ensebao vino con los españoles. Es una manifestación cultural europea para rendir culto a los frutos de la tierra, al árbol de la abundancia. En cierto modo, es una variante de nuestro sebucán indígena.

 

4

El palo ensebao es una competencia divertida que me enseñó dos cosas:

 

 Primero: El trabajo en equipo rinde frutos; y todos nuestros logros descansan sobre los hombros de otros.

 

 Segundo: los oportunistas están en todas partes. Una vez vi un palo ensebao que ilustra esto último: con gran esfuerzo los participantes llegaron a la cima. El hombre de la cúspide tomó el trofeo, pero no pudo mantenerlo en sus manos y se le cayó. Algunos mirones recogieron la recompensa y huyeron en estampida.

Un señor que estaba a mi lado dijo:

—Cachicamo trabaja pa lapa.

 

 

 

 

Palo ensebao


 

martes, 8 de septiembre de 2026

2. AYÚDATE QUE YO TE AUDO.

 

RECUERDOS DE LAS MERCEDES DEL LLANO.

DIOS DICE: “AYÚDATE QUE YO TE AYUDO”.

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

Este relato lo escuché en el matadero de Las Mercedes del Llano, mientras esperaba a mi padre,  quien realizaba sus diligencias de carnicero.

1

El tío y el sobrino regresaban de haber comprado una vaca en una de las fincas cercanas al pueblo.  Ambos trabajaban de carniceros y la compra se había cerrado en condiciones ventajosas. La vaca daría buenas ganancias luego de ser sacrificada. El animal que movía su cola y bramaba de cuando en vez en la jaula del camión pronto dejaría de ser un todo para multiplicarse en sus partes, expuestas en un refrigerador en forma de finos cortes de pulpa negra, chocozuela, paleta, lomito y un largo listado de las diversas manifestaciones de la tentación de la carne.

2

Mientras conversaban animadamente y atravesaban la polvorienta carretera de granzón, olvidaron un detalle: la vaca tenía un hierro en su cuero que no estaba registrado en la papeleta de compraventa. Tal vez no hablaban del asunto para no invocar la materialización de las energías negativas que revolotean dentro de nosotros, pero que a veces saltan si las provocas y se transforman en funestas realidades. Pero, si algo malo puede pasar, pasará. Ley de Murphy.

 

3

Divisaron una alcabala. El sobrino que conducía el camión frenó en seco, lanzando una profecía oculta e inoportuna, un latigazo de pesimismo retardado: ¡Yo lo sabía!

El tío no se inmutó, se puso al volante y lo instó a actuar con firmeza:

—¡Anda y cubre con bosta el hierro que no aparece en los papeles!

4

Y en un acto fugaz de marroquinería preventiva, el cuero de la vaca dejó de mostrar la preocupante marca supernumeraria.

5

El tío, entonces, citó el proverbio, contundentemente cierto, pronunciado por el propio Dios, pero excluido de los Libros Sapienciales: ¡Ayúdate que yo te ayudo!

 

 

 

 

Ayúdate que yo te ayudo.



viernes, 4 de septiembre de 2026

Matatigres.

 RECUERDOS DE LAS MERCEDES DEL LLANO.

MATATIGRES.

Edgardo Rafael Malaspina Guerra






1

En aquellos lejanos tiempos de mi infancia, la única diversión era irse, por las tardes, a la avenida y jugar los juegos de la época: los vaqueros, el escondido, saltar por la espalda de uno de nosotros (cada vez se colocaba uno más alto y era más difícil hacer el salto), libre (tocar y paralizar a alguien del bando “enemigo” que sería liberado por uno del mismo bando con solo volver a tocarlo), competencias de carreras, hacer adivinanzas, etc. Hasta que una vez se apareció un señor entrado en años, pequeño, con sombrero “pelo e guama”, vestido todo de caqui marrón: camisa y pantalón pulcramente almidonados y planchados. Los pliegues de su ropa se destacaban en sus líneas firmemente remarcadas. Toda su figura remataba en unas alpargatas negras de fina suela de cuero de ganado.

Le pusimos por nombre “El Señor de caqui”.

2

Nosotros pronunciábamos la palabra caqui con gran naturalidad sin saber que era una de las manifestaciones más palpables y volátiles de eso que ahora llaman globalización. Caqui involucra telas, vestimentas, colores, países lejanos, idiomas orientales, uniformes militares y, en general, todo un entramado de culturas exóticas.

3

El Señor de caqui, apenas se presentó, nos dijo:

¿Quieren que les eche un cuento?

Por toda respuesta, nos agolpamos a su alrededor bajo las frondosas acacias.

Nos sentamos en los muros de la avenida. En el centro quedó el cuentacuentos.

—Yo fui cazador de tigres —dijo y empezó un relato que terminó con un felino colgado a sus espaldas mientras se dirigía a su rancho.

Desde ese día, el Señor de caqui pasó a llamarse Matatigres.


4

Cuando caía la noche, nos íbamos a la avenida para esperar a Matatigres mientras jugábamos. Al notar que su figura se asomaba desde La Rochela, calle que era salida y entrada del pueblo, nos sentábamos conformando un redondel. El centro era para Matatigres.

5

Matatigres todas las noches tenía un cuento nuevo, pero siempre con una fiera muy peligrosa y él como héroe infalible. Una vez corrió perseguido por un felino feroz. Se escondió en una cueva. Solo tenía una pequeña navaja, la cual amarró a una varita, y con esa frágil arma improvisada le sacó los ojos al animal. Y así se salvó de una muerte segura.


6

Los finales de los cuentos de Matatigres eran felices. Terminaban con el tigre colgado de un caney, con su cuero cubriendo una pared o haciendo las veces de tapete o alfombra.

7

Una noche, Matatigres no vino. Lo esperamos por largo tiempo. Mirábamos hacia la calle de allá abajo por donde emergía como esos genios de las botellas encantadas. Pensamos que su ausencia era cosa de una noche. Pero pasaron varias noches, sin Matatigres, sin redondeles, sin tertulias. No volvió jamás. Murió de un infarto, se decía en el pueblo.

8

Tengo ahora la edad que tenía Matatigres cuando nos contaba sus cuentos. Y todavía, sin embargo, lo sigo esperando para que nuevamente nos relate sus maravillosas anécdotas.