CASAS
Y COSAS DE LAS MERCEDES DEL LLANO.
EL
MATADERO MUNICIPAL.
Edgardo
Rafael Malaspina Guerra
1
El
viejo matadero municipal, se ubicaba(todavía tiene vida útil) casi en las
afueras del pueblo, cerca de la manga de coleo. Hasta allá llegábamos a pie
cuando íbamos solos, pero la mayoría de las veces nos trasladábamos en carro con
nuestro padre.
2
La
estructura del matadero aparentaba ser maciza, hecha de bloques, aunque con
techo de cinc, muchos ladrillos de ventilación y un gran portón central. En su
patio trasero revoloteaban las aves de rapiña sobre cúmulos de huesos.
El
matadero tenía su propio tanque surtidor de agua. Un enorme árbol cubría parte
del caserón, lo que le daba un aspecto sombrío y misterioso por las noches.
3
En
interior del matadero era iluminado con unas bombillas de luces opacas. Allí el
calor era sofocante por las calderas con agua hirviente.
En
las afueras, los animales esperaban su turno en un corral estrecho, de esos
que inspiraron, seguramente, a Singer para escribir su libro “Liberación animal”
Don
Luis, un anciano de rostro patriarcal y hablar pausado, era el mejor la hora de
aplicar la estocada final a una res. Eso se vociferaba en tono de alabanza. Uno
asistía a ese espectáculo con morbosa curiosidad y captaba el preciso momento de
la puñalada certera sobre la nuca, el
último bramido y la expansión trémula de las patas hasta desparramarse totalmente y golpear el
suelo con un golpe seco.
Gaspar era otro de los matadores. Uno vez vi
cómo recogía en un vaso la sangre que salía a borbotones de un animal degollado. Un hombre, supuestamente anémico, se bebió sin respirar la solución hemática.
4
En
el matadero me inicié en un negocio muy exitoso. Papá me permitió recoger los
cuajos de sus animales beneficiados, los cuales preparaba con abundante sal a
la espera de los compradores. Eran tiempos cuando el queso llanero se hacía con
el estómago de una vaca, cuyas cuatro partes sabía de memoria, gracias a las
lecciones de la maestra Dalila.
5
La
res dividida en dos grandes pedazos era traslada hasta las carnicerías en la
camioneta verde de Rafael, chofer y carnicero. Yo vi varias veces como el
acompañante de Rafael viajaba montado sobre el estribo derecho, y cuando el
auto estaba a punto de llegar se lanzaba con elegancia y caía con una pose
espectacular cinematográfica.
Una
vez le pedí la cola a Rafael y quise imitar lo que hacía su segundo a bordo por
fuera de la camioneta. Esperé el momento oportuno y me lancé del carro. Caí
aparatosamente sobre la acera de largo a
largo. Los pantalones se rompieron por las rodillas y yo terminé con raspones
por todas partes.
Al
llegar a casa, Carlos, nuestro hermano amante de la física y las matemáticas, me dijo que he debido correr un poco, y me habló de las Leyes de Newton, que
estudiaría más tarde con el profesor Martín Aponte.
Fotografía:
Edmundo de Jesús Malaspina Guerra.
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