NATURALEZA MUERTA
Edgardo
Malaspina
1
Cuando hablan de riñas de gallos se me
hace agua la boca.
Nací y crecí en un pueblo de galleros,
quienes solían reunirse por las tardes, bajo los árboles, para contarse
historias de famosas peleas. Los cuentos casi siempre eran los mismos; pero en
cada ocasión los adornaban con detalles que no se habían mencionado la vez
anterior. Es por eso que en la penumbra de mis recuerdos flotan algunos de esos
relatos, como las plumas sueltas de los zambos, giros, cenizos y gallinos,
junto a las vivencias propias; ya que mi padre me llevaba frecuentemente a la
gallera para que le cuidara sus ejemplares de algún grano de maíz envenenado.
-Una
vez presencié una pelea entre un jabado y un giro- empezó Rubencio con voz
pausada, y continuó:-El giro era una ametralladora pin, pin pin, pan,pan,pan...
Pudo
seguir indefinidamente con su narración
onomatopéyica, pero alguien lo detuvo.
-Es
que quiero relatarles la pelea con todos los detalles-se defendió Rubencio y
agregó:
- Bueno , el jabado se la pasaba volando, barajándose y lanzando picotazos,
sin casi usar las espuelas; y en una de esas le pateó los ojos al giro y lo
dejó ciego picoteándo el aire, luego lo remató con una ráfaga de machete y lo
tumbó. Quedó dando saltos en la arena...lo bueno vino después cuando el jabado
alzó el vuelo con el giro en las patas. Se lo llevó hasta el caballete de la
gallera y allí empezó a comerle los sesos. Más tarde supe que ese bicho era un
cruzado de gavilán con gallina.
Los presentes pusieron caras incrédulas y
sonrieron.
-Yo
jugué un pollo que llamaban Patepalo porque daba durísimo con las patas sin
usar las espuelas-intervino don Miche ,un viejo gallero ,y continuó:
-Mi
gallo se desmayó a los cinco minutos sin tener una herida. En las galleras hay
mucha marramuncia. En la casa cuando lo registré tenía una aguja clavada que le
había destrozado “los higados” . Después
supe que el de la vaina era un vagabundo del barrio La Rochela; y es que mi
pollo no podía perder ese día porque lo tenía cuadrado con la luna que estaba
finita en ese entonces. Por cierto, esa luna es buena también para buscar
mujeres, están mansitas...
-Mejor
gallo que Robledal jamás ha existido por estos lados. Las pelas más
emocionantes que he visto son las de él; y me acuerdo clarito también de su
última pelea, la que perdió- dijo Pacheco.
2
Pacheco era el dueño de la única gallera
del pueblo. De baja estatura, tez amarilla y calvicie prominente, había
dedicado toda su vida al asunto de los gallos, como él mismo decía.
Para ese hombre los gallos lo eran todo: arte
sublime, distracción sin parangón, negocio prospero, manera decente de ganarse
el pan. En las tertulias con los amigos y en cada esquina del poblado Pacheco
sólo hablaba de gallos. Se deleitaba narrando viejos combates, gesticulando
mucho y con emoción que reflejaba su rostro. Las vivas muecas indicaban el
supuesto dolor acusado por los animales de la lidia en cuestión. Siempre se le
escuchaba con atención porque era una verdadera autoridad en la materia: vivía
entre gallos, dormía y soñaba con ellos. Al levantarse en la mañana se golpeaba
los costados con ambas manos, imitando
el aleteo de las aves, luego emitía un sonido gutural semejante al familiar
quiquiriquí que llenaba la atmósfera de sus aposentos todo el tiempo.
3
Robledal era un gallo zambo, perteneciente
a mi padre y de origen español. Con su plumaje rojo brillante, muslos fuertes
,que parecían fibras rígidas, y su gran estatura tenía una estampa imponente.
Sus espuelas largas y filosas le habían dado la victoria en diecisiete
oportunidades. Un ojo tuerto lo delataba con un veterano de siete plazas, según
la jerga gallística. Un domingo salió al ruedo en tres oportunidades con un
saldo de dos muertos y el último contrincante huyendo.
Recuerdo claramente cuando le quitó el
invicto a La Novia, un gallo blanco
considerado el mejor de la cuerda de Porfirio, un gallero muy respetado.
-¡
Levántalo pa`que le cojas cría- le gritaban desde la barrera.
Y
en efecto, Porfirio se paró en medio de la arena, tomó su gallo, y poniendo
rostro de amargura le gritó al público:
-Yo
no le cojo cría a culeco- y sacudió su gallo ensangrentado contra las palmas
entretejidas de la barrera.
La fama de Robledal se había extendido por
toda la región. Era el terror de las cuerdas de los galleros más importantes.
En los grandes torneos y desafíos se le temía, se le envidiaba.- Si no fuera
por ese gallo, esa cuerda no valdría un centavo- dijo una vez alguien con
ironía. Y ahora pienso que el comentario era cierto.
El domingo cuando perdió Robledal nos
levantamos más temprano que de costumbre. Todavía oscura la mañana empezó el
movimiento en la casa. Descolgamos los chinchorros mientras mi madre preparaba
el desayuno y colaba el café. Al rato el cielo estaba despejado y radiante, por
eso pensé que era un buen augurio .Cierto razonamiento supersticioso lo heredé
de mi abuela, quien al levantarse observaba el desplazamiento caprichoso de las
nubes y el abanico prismático de la luz solar para predecir los acontecimientos
del día. Una vez le oí decir:
-Hoy
se muere un rico porque el cielo tiene una hoja de palma dibujada.
Afuera soplaba el viento, suave y fresco .La
calle estaba llena de mucha basura .Las
latas vacías de cerveza tejían sobre el suelo una gran alfombra de
mosaicos irregulares. Obvio: el modus vivendi del reciclaje aún no había hecho
su aparición.
Como todos los sábados la gente se había
divertido hasta el amanecer. Algunos hombres, bajo las acacias de la avenida,
seguían, con trago y humo de cigarrillos, la parranda. Otros esperaban el
periódico en la librería , y los más se dirigían a la gallera. Las campanas
repicaban. Varias mujeres marchaban a la misa.
A lo lejos retumbaban los cohetes y juegos
artificiales y eso significaba que Pacheco estaba haciendo los preparativos
para el desafío.
4
Mi padre, luego de tomar café, enrumbó sus
pasos hacia el patio de la casa, en cuyo fondo, en un cuarto pequeño y húmedo
de aspecto abandonado y poca iluminación se encontraba su cuerda de gallos:
varios ejemplares, algunos en sus respectivas jaulas y otros amarrados con
cabuyas por una pata a estacas clavadas en el piso de tierra. Los miró uno por
uno, luego extrajo de su jaula a Robledal. Lo hizo con la delicadeza y destreza
de los galleros veteranos. Le acarició el plumaje rojizo y asiéndolo por la
pechuga, con su mano izquierda, se dio a la tarea de limpiarlo con una esponja,
la cual de en vez en cuando exprimía y enchumbaba en una ponchera con agua.
-No
todo el mundo sabe tener un gallo- dijo mientras realizaba su faena
distraídamente. Luego, con gesto ligero alzo suavemente al gallo y lo lanzó al
vacío. El animal revoleteó, demostrando agilidad y energía en su rápida y,
aparentemente, calculada caída. Hizo finta a la vera de un níspero, posando
elegantemente sus patas sobre la tierra. Retozó unos instantes e irguió su
pecho cobrizo antes de emitir un canto, un grito de guerra.
-Está
hasta la boca - dijo mi padre, refiriéndose al buen estado de salud de su
gallo.
5
Desde hace rato en la gallera habían
comenzado los combates. Un señor, muy delgado y de grandes bigotes y que
normalmente trabajaba desyerbando los solares del pueblo, revisaba las entradas
con un rolo de madera en la mano. Ese instrumento y la gorra ligeramente
ladeada, significaban que ese domingo se ganaba el pan haciendo las veces de
policía.
Los hombres se agolpaba en el vestíbulo de la
gallera . Hablaban e indagaban sobre las peleas concluidas. Alababan al gallo
de Augusto que había ganado la última pelea de manera espectacular ; y
vaticinaban los posibles encuentros y sus probables desenlaces. Desde un
mostrador expendían cervezas y empanadas. Detrás del mostrador un radio-picó
tocaba canciones rancheras.
Además de hombres, en la gallera también
había mujeres. Algunas, amas de casas que acompañan a sus maridos para gritar
emocionadamente junto a ellos en medio de la baraúnda de la riña y aupar a sus
favoritos. Otras, venidas de los bajos fondos, putas soñolientas por la faena anterior
y que , cerveza en mano, apuestan y se intercambian palabrotas con los hombres
para dirimir alguna diferencia surgida
al calor de algún fiero combate .
A Robledal lo estaban pesando en una
funda con su posible contendor. El fiel de la balanza estuvo columpiándose uno
segundos y luego se detuvo, justamente en el centro.
-¡Oro¡
- gritaron muchas voces, y eso significaba que por lo menos por razones de peso
la pelea no se iba a detener.
El opositor resultó ser un giro con
una placa metálica debajo de una de las alas, lo que demostraba su procedencia
de alta alcurnia gallística.
El público se había dividido en dos grupos
para observar cómo eran preparados los
gallos. Circulaban dos listas diferentes para las apuestas. Se libaba cerveza
enfriada con hielo para contrarrestar el calor o tal vez para disipar la
atmósfera caldeada que se había instalado ante el más importante de los retos
de ese domingo.
Para igualar las medidas de las espuelas, a
Robledal, al igual que a su contendor, le estaban colocando unas artificiales.
El Sordo Ignacio montaba unas espuelas de carey a nuestro gallo, pero le
temblaban las manos y esto nos sembró cierta desconfianza.
- No me gusta que le hayan quitado sus
espuelas naturales a Robledal-alguien comentó.
6
Repentinamente, en medio de la calma, se
escucharon unos gritos y muchos empezaron a correr hacia el patio de la
gallera, arremolinándose en el centro.
-¿Qué
pasó?- indagaban los pocos que se habían quedado en el redondel.
-Que
Augusto le estaba echando orina a su
gallo para desinfectarlo y el animal estaba todavía bravo y le picó la
pinga. Augusto se arrechó y le torció el
pescuezo- dijo alguien desde el patio.
-¡Carajo,
tan bueno que era el gallo!- era el comentario general.
Orange, el juez de gallos, empezó a sonar la
campanilla.
-¡Fuera
e´gallera, fuera e´gallera, no joda!- vociferaba el juez, pero ni se movían.
Nadie le hacía caso. Entonces se colocó en el centro del ruedo y comenzó a
bajar una jaula con dos compartimientos y la llevó hasta al suelo . Empujó
suavemente a los aficionados y les pidió que abandonaran la arena para dar
comienzo a la pelea.
Antes de colocar los gallos en sus
respectivos cubículos los limpió y les revisó el plumaje. Luego clavó las
espuelas de ambas aves en un limón. Verificó el reloj y se lo mostró a los
presentes. Sacó a Robledal y, sosteniéndolo en sus manos, pidió que levantaran
la jaula. Al quedar el giro libre colocó a Robledal de manera tal que pudiera ver a su
contrincante.
7
Los
gallos se fueron acercando uno al otro, movieron sus pescuezos como buscando
cualquier posibilidad de poder clavar sus picos; luego alzaron sus patas y un
golpe seco se dejó escuchar. La pelea había comenzado y con ella un gran
alboroto que estremecía la gallera y sus contornos
Inmediatamente después de acusar el castigo,
por lo visto, el giro inició una carrera circular perseguido por Robledal
-Mi
gallo es jugador- gritó, seguramente, uno de los fanáticos del ejemplar que
corría adelante.
-Yo
he visto más de un cabestro con placa- dijo Jaramillo, un hombre de aspecto famélico,
ropas anchas y sombrero de cogollo que desde la parte más alta de las galerías,
con voz chillona, narraba el combate. Comentaba las incidencias del mismo con
una retahíla de refranes y observaciones irónicas y hasta picantes.
Las voces se confundían y las apuestas se
cruzaban de un extremo a otro de la barrera.
-Pago
doce y voy al zambo- gritó un hombre obeso, sorbiendo cerveza espumosa de una
totuma.
-Pago-
gritó otro, agitando su sombrero en el aire.
-Con
tiradores de cují no la llevo- respondió el gordo.
El giro continuaba con su carrera
circunferencial, mientras Robledal lo perseguía, castigándolo por la cola.
-Por
el rabo no muere nadie-dijo Jaramillo.
-Lo
dirás por experiencia- le respondió un coro de voces seguidos de carcajadas.
Algunos
alzaban sus puños apretándolos, como queriendo reforzar con sus dedos el batallar de su gallo preferido. El giro
esporádicamente se volvía y disparaba sus patas, desconcertando a Robledal;
entonces la algarabía y la emoción alcanzaban su máxima expresión.
Unos hombres, bajo el efecto de la gran
tensión de las hostilidades y los tragos de cerveza, incursionaban de en vez en
cuando a la arena, lanzando vítores y agitando sus sombreros. El juez llamaba
al orden haciendo sonar la campanilla.
Robledal se mostraba cansado y empezaba a
sangrar profusamente por una herida en
el cuello.
-Tiene
un chorro y no es de agua-comentó Jaramillo.
Ahora
el giro se detiene y dirige el ataque. Está crecido ante su adversario que
apenas alza las patas para golpear sin fuerza.
- Le dan de comer en una botella- se
escuchó nuevamente la voz cínica y
estridente de Jaramillo, quien agarraba aire para colocar más tabaco en su boca
.
8
Se
produjo una ovación ensordecedora, una gritería. Daba la impresión de no caber
una voz más. Los hombres se atropellaban, se empujaban unos a otros sobre la
arena.
Robledal, mortalmente herido daba saltos en el
aire. Luego de unas breves convulsiones contrajo fuertemente sus muslos. El
combate había terminado.
9
Mi padre cruzó las calles con pasos cansados
hasta llegar a la casa. Ya en el corredor colocó sobre la mesa a Robledal.
El
gallo estaba exánime, pálida la piel y ensangrentado el plumaje. El pico hacia
arriba, las alas abiertas y las patas extendidas le daban una pose de
crucifixión.
Sobre la mesa, además del gallo, estaban
algunos vasos, la tinaja del agua, un racimo de plátanos y unos limones. No
pude evitar las comparaciones; pues todas esas cosas encajaban armónicamente
como una composición pictórica de naturaleza muerta. Naturaleza muerta con
gallo.
10
Antes de irse a su chinchorro mi padre se
dirigió a mi madre:
-Prepáralo
esta noche en empanadas.
Casi
todos los gallos de mi padre tenían un fin culinario. Pero nunca pensé que
Robledal, airoso en tantos combates, tendría también como destino una olla. Sic
transit gloria mundi.
Cuando hablan de riñas de gallos se me hace
agua la boca.